ENTRANDO A CENTROAMERICA.
Entramos a una experiencia un
poco más rudimentaria pero por ende más pura.
El Usumacinta nos divide, no es una línea fronteriza muy marcada,
simplemente es un trámite, pues al cruzar lo que ves es muy parecido a México,
somos hermanos, pero vaya que ellos tienen su propia manera de hacer las cosas.
Salimos desde Palenque a las seis de la mañana, después de dos horas
llegamos a un poblado llamado Frontera Corozal, donde pasamos migración
mexicana, y donde nos embarcamos con nuestras maletas en una pequeña lancha,
Luis y yo notamos que venía una española, de inmediato comenzamos a platicar con
ella su nombre era María. La lancha no hizo mucho recorrido sobre el río
Usumacinta, casi se podría decir que solamente nos cruzó de un lado al
otro. Nos bajamos de la lancha y de
inmediato comenzaron a ofrecernos cambiar pesos por quetzales, pero el señor de
la lancha primeramente nos llevó a un pequeño cuarto donde debíamos esperar y
nos dijo que en unos cuarenta minutos
llegaría el bus que nos llevaría hasta la isla de Flores.
María es una española aventurera que anda viajando sola, de inmediato
nos caímos bien y la plática fluyo de manera natural. Fuimos a cambiar dinero y
luego nos regresamos, pasó más de una hora y de pronto se apareció un bus, era
un pequeño autobús que se venía deshaciendo, parecía salido de otra época; nos
subimos al bus y nos tocó en los asientos de atrás, notamos que un señor
sonriente se subió y se dirigió al último asiento, casi al lado mío, su nombre
era Jorge, un señor hondureño bastante agradable. Pasadas las once de la mañana de México, diez
de Guatemala el bus comenzó su largo camino en la terracería, el cual duraría
por más de tres horas; al camión le sonaba todo, y cada que agarraba algún
bache te hacía brincar de tu asiento, en algún punto del viaje noté que los
amortiguadores venían rodando adentro del bus.
También en algun punto la maleta de María empezó a llenarse de lodo, pues
como el camino estaba todo encharcado y la carrocería tenía hoyos llego un punto en que ya el fango estaba por dentro.
Pero la contraparte fue lo que pasaba adentro del bus, la plática en la
parte de atrás se puso muy amena, Jorge iba bebiendo cervezas y cada que abría
una decía que el solo tomaba una al día. Comenzamos un intercambio de palabras
que significaban lo mismo pero que se decían de diferente manera en México,
Centroamérica y España. Y de pronto en los pueblos el bus comenzó a levantar
gente, y persona que le tocaba sentarse en la parte de atrás de inmediato lo
invitábamos a ser parte de la conversación, así subió una señora reservada pero
a la cual le preguntábamos sobre la vida en su pueblo, luego se subió Mario un
joven que trabajaba de policía en Flores y ya al final Martín un señor que
vendía medicina de forma ambulante por los distintos pueblos en el Departamento
de Petén (Departamento se refiere a lo que para nosotros es Estado). El camino
fue largo, cansado, caluroso, incluso adolorido de tanto brincar, pero creo que
nadie que iba allí adentro se quejó pues
era una experiencia única el ver esos paisajes y también el poder formar
parte de una conversación multicultural tan enriquecedora.
En el último trayecto cuando ya estábamos por llegar, de pronto se subió
un guatemalteco moreno y comenzó a vendernos tours, para finalmente indicarnos
que los que íbamos a Flores nos
cambiáramos a otro transporte, así que
nos despedimos de nuestro compañero de viaje Jorge y nos tomamos una
foto; el nuevo transporte era una combi nueva con aire acondicionado, pero que
desgraciadamente solo hizo un recorrido de menos de diez minutos para llegar a
la isla con todas las comodidades después de haber viajado horas y horas en
medio de una divertida incomodidad.
Llegamos a Flores después de las cuatro de
la tarde, la combi se detuvo frente al hermoso y majestuoso lago Petén Itza
para luego dejarnos ir a buscar el hotel donde íbamos a pasar la noche. Nosotros tres, Luis, María y yo encontramos
un hostal bueno, bonito y barato, y decidimos quedarnos allí.
Muchas veces nos dejamos llevar por lo que nos dicen de nuestros
hermanos centroamericanos, que son países peligrosos de visitar y que la gente
es mala, en mi primer día en estas
tierras me di cuenta que todo eso es mentira, y esperemos que lo que ellos
creen del incomodo hermano mayor que es México, también lo podamos cambiar al menos
con la gente que vayamos conociendo. México y Guatemala constituyen un
territorio compartido, que por cuestiones de la historia quedo dividido, pero
la idiosincrasia y las costumbres se asemejan tanto, que la hermandad es algo que
no se puede discutir.
Escrito por David Herrera
26 de junio de 2015.
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